miércoles, marzo 08, 2006

Regreso al trabajo

Miércoles. 9:30 de la mañana.
Despacho de la 2º planta.
Hoy hace tres días que regresé al trabajo después de unas semanas de baja. Qué ilusión.Y descubro con placer que muchas cosas han cambiado.
Me cruzo con mi nuevo jefe por las escaleras, y noto que me mira con curiosidad.
Yo, casi tropiezo cuando mi compañera me asegura que es él.
Más tarde, se acerca a mi mesa y me pregunta vagamente sobre los contratos que hay que enviar por fax. Y mientras finge interesarse por lo que digo, sus ojos revolotean nerviosos, como alas de mariposas en un tórrido día de verano, y finalmente, se posan desmayados en el escote de mi blusa.
No hay nada como volver al trabajo, me digo complacida.
Y me llevo a mi compañera a desayunar cruasanes.

jueves, marzo 02, 2006

El habitante incierto: una historia de terror



Desde hace días, al llegar la tarde, siento miedo.
Desde hace días, cuando se aproxima el momento de regresar a casa, noto como un extraño escalofrío se apodera de mí, recorriendo todo mi cuerpo.
Desde hace días, cuando llego a mi piso, cierro la puerta con cautela, despacio. Dejo el bolso y las llaves, y después alzo la vista hacia el techo, temerosa, y espero en silencio.
Espero y espero, conteniendo los latidos de mi corazón, e intento adivinar si la criatura sigue ahí...
Hace poco, este invierno, me mudé a una bonita casa en el centro de la ciudad. Una casa de techos amplios, blancas galerías acristaladas, llenas de luz y vigas de madera: un lugar ideal. O eso pensaba yo, hasta el mismo día en que esa monstruosa criatura apareció y decidió instalarse encima, ocupando la buhardilla.
Desde ese fatídico día, nada ha sido igual.
Oigo extraños ruidos en mitad de la noche; susurros ahogados y horribles jadeos que me despiertan sobresaltada de madrugada.
Durante el día, golpes sordos se suceden una y otra vez, continuamente, sin tregua, acompañados de espeluznantes gritos y chirriantes ruidos, que me mantienen en un perpetuo estado de ansiedad.
Ignoro de dónde vino, no sé de qué se alimenta, y tampoco podría adivinar de qué especie de animal ancestral se trata, ni como llegó a convertir la buhardilla en su oscuro y siniestro cubil. Sólo se que desde que llegó no como, no duermo, no descanso y vivo atemorizada por la ferocidad salvaje con la que golpea mi techo.
Hasta ayer.
Cuando ví a la criatura.
Ayer, justo cuando regresaba del trabajo y subía cautelosa, oí un estruendo ensordecedor y al mirar hacía arriba, la ví asomarse por el hueco de las escaleras. Y el horror me paralizó.
La criatura comenzó a descender por los escalones, uno a uno, arrastrando su informe mole perezosamente, dando pequeños saltos que hacían retumbar la estructura de todo el edificio. Al llegar a mi altura, con mudo asombro, fijé la mirada en ella que se deslizó junto a mí, sus pupilas inexpresivas, sin mirarme siquiera, sin advertir mi presencia; y siguió deslizando su cuerpo abominable escaleras abajo, mientras tatareaba algo parecido a una canción infantil y sostenía entre sus zarpas peludas una pequeña bicicleta de color rosa.
-¿Has visto eso?-balbucí aterrorizada a la vecina del primero, que asomó la cabeza en ese mismo instante, atraída por el alarmante ruido.
-Ah...eso-respondió indiferente- es la hija de los nuevos inquilinos. Se llama Ana, y tiene siete años.

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