
Desde hace días, al llegar la tarde, siento miedo.
Desde hace días, cuando se aproxima el momento de regresar a casa, noto como un extraño escalofrío se apodera de mí, recorriendo todo mi cuerpo.
Desde hace días, cuando llego a mi piso, cierro la puerta con cautela, despacio. Dejo el bolso y las llaves, y después alzo la vista hacia el techo, temerosa, y espero en silencio.
Espero y espero, conteniendo los latidos de mi corazón, e intento adivinar si la criatura sigue ahí...
Hace poco, este invierno, me mudé a una bonita casa en el centro de la ciudad. Una casa de techos amplios, blancas galerías acristaladas, llenas de luz y vigas de madera: un lugar ideal. O eso pensaba yo, hasta el mismo día en que esa monstruosa criatura apareció y decidió instalarse encima, ocupando la buhardilla.
Desde ese fatídico día, nada ha sido igual.
Oigo extraños ruidos en mitad de la noche; susurros ahogados y horribles jadeos que me despiertan sobresaltada de madrugada.
Durante el día, golpes sordos se suceden una y otra vez, continuamente, sin tregua, acompañados de espeluznantes gritos y chirriantes ruidos, que me mantienen en un perpetuo estado de ansiedad.
Ignoro de dónde vino, no sé de qué se alimenta, y tampoco podría adivinar de qué especie de animal ancestral se trata, ni como llegó a convertir la buhardilla en su oscuro y siniestro cubil. Sólo se que desde que llegó no como, no duermo, no descanso y vivo atemorizada por la ferocidad salvaje con la que golpea mi techo.
Hasta ayer.
Cuando ví a la criatura.
Ayer, justo cuando regresaba del trabajo y subía cautelosa, oí un estruendo ensordecedor y al mirar hacía arriba, la ví asomarse por el hueco de las escaleras. Y el horror me paralizó.
La criatura comenzó a descender por los escalones, uno a uno, arrastrando su informe mole perezosamente, dando pequeños saltos que hacían retumbar la estructura de todo el edificio. Al llegar a mi altura, con mudo asombro, fijé la mirada en ella que se deslizó junto a mí, sus pupilas inexpresivas, sin mirarme siquiera, sin advertir mi presencia; y siguió deslizando su cuerpo abominable escaleras abajo, mientras tatareaba algo parecido a una canción infantil y sostenía entre sus zarpas peludas una pequeña bicicleta de color rosa.
-¿Has visto eso?-balbucí aterrorizada a la vecina del primero, que asomó la cabeza en ese mismo instante, atraída por el alarmante ruido.
-Ah...eso-respondió indiferente- es la hija de los nuevos inquilinos. Se llama Ana, y tiene siete años.